… todo cambia para que nada cambie.

El 26 de junio de 1794, París era una ciudad convulsionada con escaramuzas callejeras por doquier; situándose el centro de atención en el Hôtel de Ville. Las tropas leales a la Convención asaltaron el edificio en busca de uno de sus peculiares huéspedes allí refugiados. Tras intercambiar numerosos disparos con las tropas del general Hanriot, los asaltantes entraron en el salón… Se produjo un silencio y un disparo seco sonó desde la habitación. Cuando entraron, el camarada Maximilien Robespierre había atentado contra su vida de forma fallida disparándose en la cabeza. Tan sólo murmuró unas palabras: “…todo cambia para que nada cambie”. Dos días después fue guillotinado.
Actualmente estamos asistiendo a una de las mayores revoluciones de la historia de la humanidad: la globalización. Y no hablo de productos ni economías sino de la comunicación y la conexión entre las personas, las redes sociales.
Vivimos tiempos, al igual que los pioneros del antiguo oeste americano, épocas de héroes y villanos, de pícaros y delincuentes, de gente valiente que, de forma anónima, hace historia.
Antes existía la tiranía vertical de los antiguos líderes de opinión que, desde sus atalayas sustentadas por grandes grupos de comunicación, nos adoctrinaban a una inculta mayoría. Ahora las nuevas tecnologías y el nacimiento de las redes sociales democratizan la comunicación, los mensajes ya no son unidireccionales, ahora como mínimo son bidireccionales o, mejor, multidireccionales.
¿Y qué hacemos las mayoría de nuevos usuarios con ese nuevo poder? Pues NADA. Tan sólo intentamos acumular “followers” o “amigos” que nos conviertan en los nuevos líderes de opinión.
¿Cómo valoramos la capacidad de los nuevos comunicadores? En la cantidad y no en la calidad.
El antropólogo Robin Dunbar ya teorizó sobre la capacidad que tenemos para relacionarnos con nuestro entorno y lo fijó en 150 individuos. Ese es el número de personas que aproximadamente soporta nuestro córtex cerebral… o dicho en román paladino, gente con la que podemos interactuar.
La regla de oro para relacionarte en las redes sociales es: (1) Sé generoso y comparte el conocimiento y (2) Sigue a aquellas personas que te aporten información.
Es sorprendente la cantidad de seguidores/amigos que tienen los famosos o famosillos del mundo offline. No se les sigue por sus contenidos, que en la mayoría de los casos se limita a opiniones personales carentes de cualquier criterio, sino por ese afán del ser humano por idolatrar a personas en el rango de semidioses. Valga como ejemplo los nuevos gladiadores del S. XXI: los jugadores de fútbol que salvo honrosas excepciones son prácticamente incapaces de escribir su propio nombre sin faltas de ortografía.
Con la irrupción de las nuevas tecnologías ha entrado en escena otro tipo de personajes: los “geeks”. Son individuos que basan su equilibrio en la acumulación de cuantos más aparatos electrónicos mejor. Ante una carente y absoluta falta de personalidad, la suplen con la posesión de gadgets olvidándose por completo del factor humano.
Al final, y después de numerosas revoluciones, no somos tan diferentes de nuestros antepasados, buscamos la comunicación con nuestros congéneres o un interés económico o un reconocimiento social.
La toma de la Bastilla, el cambio de una era, para acabar perdiendo la cabeza; como bien dijo Maximilien Robespierre … todo cambia para que nada cambie.