PROBABLEMENTE SI ESTAS LEYENDO ESTO ES QUE ESTÁS MUERTO.

Me desperté de un extraño sueño. Cuando abrí los ojos la tarde tocaba a su fin y la noche, de forma lenta, lo cubría todo. El entorno me era muy familiar, había pasado muchas horas de visita honrando a mis antepasados en aquella pequeña cripta de mi familia.
Cuando me disponía a abandonar el lugar, una mujer de mediana edad con un vestido azul marengo me estaba esperando. Aunque jamás la había visto, su mirada y aquella sonrisa me eran muy familiar.
-Hola Rafael, te estábamos esperando. No te preocupes, todavía no lo sabes, pero estás muerto.
Siempre había pensado que cuando llegara este momento iba a sentir miedo o tal vez pánico; pero esta vez era muy diferente, aquella mujer me hacía sentir bien.
-¿Quién eres?
-Soy tu abuela María, nunca llegaste a conocerme, pero yo a ti sí. Te he estado observando y me alegro de que te hayas reunido conmigo. Ahora tendremos tiempo para hablar.
-Pero, ¿Y mi mujer?… ¿y mi hijo?
-Tranquilo, tu mujer está bien, triste por tu partida pero ella es muy fuerte y Rafita ha sacado tus ojos azules pero la fuerza de su abuelo, crecerá fuerte. Ven conmigo, demos un paseo.
En la mente me estaban asaltando miles de preguntas, pero aquella bella mujer me invitaba a obedecerla y seguir sus pasos.
-Y dime Rafael ¿A qué te has dedicado en tu vida profesional?
-Bueno, es dificil de explicar… yo soy, bueno… era Creativo.
Se detuvo un momento y clavó su mirada en mi.
-¿Creativo? ¿Y eso en qué consiste?
-Bueno, es dificil de explicar en pocas palabras…
Ella se volvió a detener, pero esta vez con cara de circunstancia y me interpeló:
-Si no sabes explicar lo que haces, es que no sabes lo que haces.
-Touché! Esa frase es mía.
Ambos sonreímos.
-El creativo es la persona encargada de crear un vínculo entre una empresa y los productos o servicios que vende y el resto de la sociedad; que, curiosamente, le llamamos mercados.
-¡Uf! Rafael, si a la gente que te escucha les llamas mercados, mal vamos.
Fuimos caminando por estrechos pasillos que yo ya conocía, rodeados de antiguas cruces y lápidas desdeñadas por el paso del tiempo y del olvido de sus familiares; pero esta vez estaban muy concurridas por sus moradores que, o bien de pie o sentados, estaban enredados en animadas conversaciones.
Llegamos a un grupo de señores y alguna señora donde ni se hablaban ni tan siquiera se miraban; alguno pronunciaba extrañas palabras en monólogos sin sentido.
-¿Y estos, quiénes son?
-¿No los reconoces? Son tus antiguos colegas, los mal llamados “gurús” de la comunicación.
Hice un esfuerzo por recordar y al acercarme un poco sí que reconocí a lo que yo creía amigos y compañeros, pero ellos no me reconocían a mi. Aún con mis gestos y mi voz ellos ni se perturbaban de su estado.
-No lo intentes más. Están en una fase donde no pueden reconocer nada de su entorno, tan sólo se contemplan ellos mismos. Profesan el onanismo cerebral. Déjalos, están todos muertos.
Me quedé un tanto desilusionado, eran personas que yo admiraba y que ahora los descubría ridículos.
Al fondo, otro grupo de personas se convulsionaba en extrañas danzas y buscaban objetos tanto por sus propios bolsillos como por el suelo. Me acerqué a uno que, desesperado y con sus propias manos, escarbaba en el suelo como un can en busca de su anhelado hueso.
-¿Pero qué buscas?
-¡Déjame, tiene que estar por aquí! Mi Aifon… mi Aifon 5. Les dejé bien claro a mi familia que si algo me pasaba me enterraran con él.
-¿Pediste que te enterraran con un smartphone?
-¡Es mío, lo necesito urgente!
-Estamos todos muertos… ¿Para qué quieres un puto teléfono aquí?
Él, al igual que sus compañeros, me miraron con desprecio.
María me volvió a coger de la mano y me alejó del lugar.
-No lo entiendo, María. En mi profesión pasaba mucho esto. Existen muchas personas que creen que la tecnología les hace buenos y la verdad es que los mejores dispositivos sin el ser humano no son nada.
Cuando ya estábamos lejos todavía se oían alguna voces histéricas a lo lejos… “mi aipat… por Dios, mi aipat”.
Tras pasar un pequeño bosque llegamos a un valle donde me llamó poderosamente la atención largas filas perfectamente alineadas de hombres y mujeres vestidos con trajes impolutos y con sus respectivas carteras de ejecutivos en la mano. Caminaban uno detrás de otro con aspecto de llegar tarde a alguna cita, de vez en cuando se miraban la muñeca con gesto de consultar un inexistente reloj. De entre toda la fila reconocí a Javier, un tipo muy maniático, que realizaba las funciones de ejecutivo en una agencia de publicidad.
Al pasar por mi lado, lo así por el brazo y le pregunté:
-Javier, pero ¿qué haces?
-Estamos buscando la Agencia, es muy importante encontrar una Agencia, date prisa en encontrar una o te quedarás sin ella.
Y dándome un codazo se incorporó de nuevo a la fila y desaparecieron detrás de la colina como una extraña y peculiar A Santa Compaña.
-María, ¿por qué nadie les ha dicho que las agencias como ellos las conocían ya no existen?
-Se lo han comunicado, pero no lo quieren saber. Viven en un bucle del pasado.
Nos sentamos a descansar bajo las hojas de un almendro en flor, sonreí a María y ella me reconoció que ya sabía que era mi árbol preferido. Hablamos de varios temas intrascendentes. Es curioso la de cosas que tiene uno que contar a su abuela después de cuarenta y dos años.
-Rafael que habéis hecho con una profesión tan bonita, ¿en qué la habéis convertido?
Miré al suelo avergonzado, sabía que tenía razón.
-Creo que aportamos nuestras ideas en busca de un reconocimiento público más que en un desarrollo de nuestra labor. Creamos congresos y festivales donde los profesionales deberían brillar por su labor y no como pedantes estrellas del rock and roll, donde los futuros profesionales se comportan como histéricas groupies en busca de un objeto o amuleto que les trasforme a ellos y a ellas en otras personajes a admirar.
-María ¿Crees que la muerte es el final?
-Nada es eterno, todo tiene que morir para volver a nacer. Es el ciclo de la vida.
Continuamos el camino, María me volvió a coger de la mano y me comentó que nos dirigíamos a conocer a unas personas que me gustaría volver a ver. Eso me alegró el alma.
Mi cabeza no dejaba de pensar en Izaskun y ese niño de ojos azules que lo miraba todo como queriendo descubrir un universo en la mirada de su madre, que le preguntaba:
-¿Qué te gustaría ser de mayor?
-Creativo publicitario, tengo que reinventar la publicidad.