El publicitario de Hamerlink

Hace mucho, muchísimo tiempo, en la próspera empresa Hamerlink, sucedió algo muy extraño: una mañana, cuando sus gordos y satisfechos ejecutivos salieron de sus despachos, encontraron los mercados invadidos por miles de Starups que merodeaban por todas partes, devorando, insaciables, el porcentaje de mercado de sus bien provistas ventas.

Nadie acertaba a comprender la causa de tal invasión, y lo que era aún peor, nadie sabía qué hacer para acabar con tan inquietante plaga.

Por más que pretendían exterminarlas o, al menos, ahuyentarlas, tal parecía que cada vez acudían más y más nuevas empresas al mercado. Tal era la cantidad de Starups que, día tras día, se estaban instalando en los consumidores y sus propio target, que hasta los mismos consultores huían asustados.

Ante la gravedad de la situación, los prohombres de Hamerlink, que veían peligrar sus cuotas por la voracidad de las Starups, convocaron al Consejo y dijeron: “Daremos cien monedas de oro a quien nos libre de los emprendedores”.

Al poco se presentó ante ellos un publicitario taciturno, alto y desgarbado, a quien nadie había visto en Facebook antes, y les dijo: “La recompensa será mía. Esta noche no quedará ni una sola Starup merodeando los mercados de Hamerlink”.

Dicho esto, comenzó a pasear por los target y, mientras paseaba, tocaba con su creatividad una maravillosa melodía que encantaba a los emprendedores, quienes saliendo de sus despachos seguían embelesados los pasos del publicitario que tocaba incansable su creatividad.

Y así, caminando y tocando, los llevó a un lugar muy lejano, tanto que desde allí ni siquiera se veían el stakeholders de Hamerlink.

Por aquel lugar pasaba un caudaloso río financiero donde, al intentar atravesarlo para seguir al publicitario, todos las Starups perecieron ahogadas.

Los ejecutivos de Hamerlink, al verse al fin libres de las voraces Starups, respiraron aliviados. Ya tranquilos y satisfechos, volvieron a sus prósperos negocios, y tan contentos estaban que organizaron una gran fiesta para celebrar el feliz desenlace, comiendo excelentes viandas y bailando hasta muy entrada la noche.

A la mañana siguiente, el publicitario se presentó ante el Consejo y reclamó a los prohombres de Hamerlink las cien monedas de oro prometidas como recompensa. Pero éstos, liberados ya de su problema y cegados por su avaricia, le contestaron: “¡Vete de nuestra empresa!, ¿o acaso crees que te pagaremos tanto oro por tan poca cosa como aportar creatividad?”.

Y dicho esto, los orondos prohombres del Consejo de Hamerlink le volvieron la espalda profiriendo grandes carcajadas.

Furioso por la avaricia y la ingratitud de los necios ejecutivos, el publicitario, al igual que hiciera el día anterior, tocó su afinada creatividad una y otra vez, insistentemente.

Pero esta vez no eran los emprendedores quienes le seguían, sino los clientes de Hamerlink quienes, arrebatados por aquel storytelling maravilloso, iban tras los pasos del extraño publicitario.

Cogidos de la mano y sonrientes, formaban una gran hilera, sorda a los ruegos y gritos de los ejecutivos de Hamerlink que en vano, entre sollozos de desesperación, intentaban impedir que siguieran al publicitario.

Nada lograron y el extraño Madmen se los llevó lejos, muy lejos, tan lejos que nadie supo adónde, y los consumidores, al igual que los emprendedores, nunca jamás volvieron a Hamerlink.

En la corporación sólo quedaron sus opulentos ejecutivos y sus bien repletos almacenes provistos de productos y servicios obsoletos, protegidos por sus sólidos abogados y un inmenso manto de silencio y tristeza.

Y esto fue lo que sucedió hace muchos, muchos años, en esta desierta y vacía empresa llamada Hamerlink, donde, por más que busquéis, nunca encontraréis ni un emprendedor ni un consumidor.

Nunca menosprecies el poder de una idea.